SU MADRE

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jueves, 24 de octubre de 2013

¡QUÉ BIEN HABLASTE! (A San José)





¡QUÉ BIEN HABLASTE!

(A San José)

No dijiste palabra alguna,

pero tus obras te delataron.

Tuviste espléndida esposa,

más, como hombre de fe,

la quisiste dejar para Dios.


En el horizonte de tu vida,

con singular belleza

con nítida luz

irradió la estrella de María;

pero, también la humildad de tu candil,

iluminó con el aceite de la sencillez

con el destello de tu obediencia

con el fuego de tu pobreza

con la llama de la verdad.


Sí, José; ¡qué bien hablaste!

Te escuchó el cielo,

y a partir de ese momento,

Dios comenzó a escribir tranquilo:

el amor se hacía hombre en María

el amor era custodiado por tu mano

el amor era educado por tu inteligencia

el amor era trabajado,

a golpe de cincel y martillo,

en el banco de tu ser carpintero.

Sí, José; ¡qué bien hablaste!


Nunca, un ángel,

llevó tan grata respuesta al cielo:

José cree y calla

José espera y duerme

José se fía y camina

José obedece y… despierta


Nunca, un ángel de las alturas,

en un intento de descender sosiego,

recibió en respuesta

tu serenidad y tu paz como consuelo.

Tomaste a María como esposa

Recibiste a Jesús como hijo

Fuiste hombre de pocas palabras

pero tus obras hablaron.
Padre Javier Leoz

viernes, 26 de julio de 2013

¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!


(POR PADRE  JAVIER LEOZ)

Elevaré mis ojos hacia el cielo
buscando, lo que en la tierra, los sentidos
no me dejan ver o percibir con claridad:
tu presencia, Señor.
Levantaré mis manos hacia Ti
porque, si las utilizo sólo para el mundo
caeré en la simple actividad vacía de contenido
pero sin señales de eternidad.
Abriré mi corazón y, con él, mis entrañas
para que, en diálogo sincero contigo
me digas qué camino elegir
por dónde y cuándo avanzar
de que equivocaciones retornar
y en qué he de cimentar mi vivir.
¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!
Aunque, a primera vista no exista respuesta,
seguiré rezando y hablando contigo
Aunque, pasen los días, y las nubes sigan presentes
Aunque, discurran las noches, y las estrellas no brillen
Aunque, amanezca la aurora, y el rocío no me sorprenda
Aunque pida calma, y las tormentas, asolen mi alma
¡A TIEMPO Y A DESTIEMPO!
Confiaré en Ti, Señor, porque eres palabra que nunca falla
Eres tesoro y eres vida, eres ilusión y eres esperanza
Eres futuro y eres presente
Eres amigo que, en la oración, consuela, levanta
anima, recompone, fortalece y se entrega
Contigo, Señor, hasta la muerte
Contigo, Señor, a tiempo y destiempo
Amén
(POR PADRE  JAVIER LEOZ)
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SEAMOS UN CAMPO DE ESTRELLAS

(POR PADRE  JAVIER LEOZ)

En el que, cuando las personas se acerquen,
puedan comprender y entender
que en el techo de nuestra vida existe un Alguien
SEAMOS UN CAMPO DE ESTRELLAS
En el que, la luz de la fe,
ilumine todas las habitaciones de nuestra casa
En el que, el brillo de la fe,
irradie esperanza a los sótanos donde estamos perdidos
SEAMOS UN CAMPO DE ESTRELLAS
En el que, Cristo, anunciado por Santiago
sea la razón suprema de nuestro caminar
En el que, Cristo, testimoniado por Santiago
sea el motivo de nuestros esfuerzos
En el que, Cristo, proclamado por Santiago
sea llamada a no decaer en nuestro empeño
SEAMOS UN CAMPO DE ESTRELLAS
Donde la resurrección responda a la noche oscura
Donde la Palabra de Dios por su escucha
anuncie el resplandor y el inicio de un nuevo día
Donde el testimonio del apóstol Santiago
sea fuerza y empuje en el ardor evangélico
SEAMOS UN CAMPO DE ESTRELLAS
Que sea el principio y no el final de un camino
Camino de futuro, no de fracaso
Camino de gloria, pero no del mundo
Camino del cielo, no sólo de tierra
Camino de eternidad, no sólo de humanidad
Camino de Santiago, no sólo de historia
Camino de fe, no sólo de cultura
Camino de oración, no sólo de piedras
Camino de resurrección, no sólo de muerte
Camino de Palabra, y no sólo humana
Camino de conocimiento, no sólo de disfrute
Camino de perfección, no de mediocridad
Seamos, con Santiago Apóstol,
un campo de estrellas alimentadas
por la estrella de la fe que es Jesucristo
Amén 

(PADRE JAVIER LEOZ)

sábado, 26 de enero de 2013

Reflexión sobre la humildad


 
Autor: Jorge Enrique Mújica L. C.

Suele decirse que una persona es humilde cuando se abaja ante la grandeza de otra, cuando aprecia una cualidad superior a la suya o cuando reconoce el mérito del otro sin envidia. Pero eso no es humildad sino honradez.

Cuando María, la hermana de Lázaro, se inclina ante Jesús para ungirle los pies con perfume de nardo puro y enjuagarlos en seguida con su propia cabellera (cf. Jn. 12, 3), no estaba ejecutando ningún acto de humildad sino de justicia. Cuando Jesús se quita sus vestidos y se ciñe una toalla para lavar y secar los pies de sus discípulos (cf. Jn. 13, 4-5), no estaba actuando justamente sino con humildad.

La justicia reconoce la verdad honradamente; la humildad se inclina dócilmente por amor gratuito. Suele decirse que una persona es humilde cuando se abaja ante la grandeza de otra, cuando aprecia una cualidad superior a la suya o cuando reconoce el mérito del otro sin envidia. Pero eso no es humildad sino honradez. Por muy difícil que sea reconocer una grandeza que eclipsa nuestro propio ser y nuestras cualidades, el hacerlo no es más que honradez.

La humildad no va de abajo hacia arriba, sino inversamente. No consiste en que el más pequeño rinda homenaje al más grande, sino en que éste último se incline respetuosamente ante el primero. Nos muestra claramente que es erróneo querer derivar la mentalidad cristiana de las costumbres terrenas. Así vista, se comprende muy bien que el grande se incline con bondad hacia el pequeño y aprecie su valor, que se sienta emocionado por la debilidad y se coloque ante ella para defenderla.
La verdadera humildad estriba en esto, en el respetuoso inclinarse del más ante el menos; del mayor ante el menor.

Pero al rebajarse así, ¿no significa perderse a sí mismo? No. El grande que adopta la actitud humilde está seguro de sí y sabe que cuanto más intrépidamente se lance hacia abajo tanto más seguramente se hallará a sí mismo. ¿Es que el grande es recompensado por este movimiento? Ciertamente. Su humildad le hace descubrir el valor de la pequeñez como tal; encuentra la grandeza de lo diminuto, de lo chiquito, de las minucias; llega así a captar que la vida es un continuo ejercicio de virtuosas pequeñeces que hacen la existencia grande y valiosa. No comprende tan sólo que el pequeño “tiene también su valor”, sino que es valioso precisamente porque es pequeño. He aquí un profundo misterio que se manifiesta al hombre verdaderamente humilde.

Cuando nos arrodillamos ante un sacerdote durante la confesión, para recibir la bendición o ante Jesús Sacramentado, no realizamos un acto de humildad sino un acto de verdad ya que creemos que el presbítero hace las veces de Cristo, escucha y perdona en su nombre, y creemos también en la grandeza de Dios escondido en la Hostia. Somos humildes cuando nos abajamos a los pobres para honrar en ellos el gran misterio de amor de Dios hacia todos y no por simple humanitarismo. Y es que además, ¡nunca es más grande el hombre que de rodillas!

Quizá conocemos muy bien la teoría de la humildad; qué es, en qué consiste… y la olvidamos fácilmente. Necesitamos modelos y, ciertamente, los tenemos. Santa Bernardita, la vidente de la Virgen de Lourdes, expresaba ejemplarmente la vivencia de esta virtud cuando, ya como religiosa, años después de las apariciones, abre su alma y confiesa: “...Fíjese, mi historia es muy sencilla. La Virgen se sirvió de mí. Después me dejaron en un rincón. Ése es ahora mi sitio, ahí soy feliz, ahí me quedaré”. En los “Diálogos”, santa Catalina de Siena presenta aquellas palabras que Jesús le reveló y que tanto le ayudaron para caminar victoriosa por la vía de la santidad: “Tú eres lo que no eres; Yo Soy el que Soy. Si conservas en tu alma esta verdad, jamás podrá engañarte el enemigo, escaparás siempre de sus lazos”.

Pero es en Jesucristo en quien la humildad experimenta su apoteosis: ya no es el hombre sino Dios mismo el que la hace suya y se identifica con ella. La más alta cumbre de esta humildad divina tiene efecto, sobre todo, en dos momentos: el nacimiento y la pasión. Los demás, la elección de los discípulos, la predicación a las masas ignorantes, el perdón a los pecadores, la salud a los enfermos, los milagros, el lavatorio de los pies…, son actos de humildad secundarios que tienen sentido a la luz de la humildad vivida como pobreza en el nacimiento en la cueva de Belén y en la humildad que dice degradación, ignominia, ofensa, deshonra e iniquidad en la soledad de la cruz.
Nacimiento y pasión: humildad por amor. “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?” (Sal. 8, 5). Se entiende la humildad divina cuando se ha captado que Dios nos supera, que está a otro nivel; y es justamente en ese momento cuando se valora la humildad y se busca necesariamente llevarla a la práctica.

Quien ha escuchado en su interior aquel “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, con la interpelación vivaz de la Palabra de Dios meditada, sabe que la humildad, como las otra seis virtudes contrarias a los pecados capitales, no es una opción ante la cual cabe declinar la invitación sino una necesidad que, mientras falte, nos hará permanecer inquietos, sin paz, intranquilos: imperfectos e infelices. Los hombres hallamos nuestra felicidad en el Bien supremo que es Dios. Las virtudes –bienes que llevan al Bien– nos perfeccionan; son la escalera de acceso que nos introduce en la casa del Bien. Cuando Jesús pisó ese escalón no se renunció a sí mismo sino que nos reveló la misteriosa grandeza divina de la humildad; un misterio que ha quedado bellamente expresado en otra invitación que permanece como tarea para todo creyente: “Sed mansos y humildes de corazón”. Qué duda cabe: la humildad es más fácil al que ha llevado a cabo alguna cosa, que al que nunca ha hecho nada.

¡Vence el mal con el bien!

Jorge Enrique Mújica L. C.

domingo, 6 de enero de 2013

Pensamientos en el día de los tres reyes magos 2013


Pensamientos en el día de los tres reyes magos 2013-01-06

En Jesús, la palabra de Dios que compartía la gloria y el honor  del Dios padre, se encarno e hizo hombre, Materializando así  la  declaración de amor del creador por su creación. Este amor incluye la entera humanidad. Los tres magos, de procedencia pagana,  la representaron  delante la cuna del Dios hombre.

En Jesús la naturaleza del Dios y la del hombre se unieron  dejando nos evidencia concreta del amor del creador por su creación.

Fue por amor que Dios hijo compartió nuestra humanidad. Al adoptar Dios nuestra naturaleza  hizo que para siempre  todo lo humano hable de Dios ya que en Jesús,  Dios  y el hombre se juntaron una unión inseparable y perfecta.

En Jesús, el Dios hombre,  vemos los atributos de nuestro creador que por nuestro bien se humilla y adopta la naturaleza del hombre reteniendo los atributos de Dios y nos muestra que es  humilde y nosotros también debemos ser humildes.  Jesús es obediente a la ley y nosotros debemos de obedecer. Jesús fue compasivo y generoso y nosotros también debemos ser compasivos y generosos. Jesús nos dio muestra de  su misericordia infinita que jamás niega el perdón al que la busca, solo pide  un  corazón contrito y arrepentido; el perdono a sus verdugos  antes de morir en la cruz y nosotros debemos de perdonar.

Es verdad que Jesús  nació para morir como todo ser humano. Lo único que se puede predecir sobre un recién nacido es que este morirá algún día; lo diferente es que Jesús venia para redimirnos pero también  para ensenarnos y no solo con palabras si no por ejemplo y darnos la prueba del amor del creador por su creación. No hay que olvidar que nunca nos promete felicidad en esta vida nos dice carga tu cruz  y sígueme.

Jesús compartió nuestra naturaleza en todo, menos en el pecado,  por lo tanto el milagro más grande de la  creación es el portal del cielo que hizo posible la encarnación del Dios hombre y nos dejo  con el misterio de la Inmaculada Concepción.

Dios nuestro creador no busco placeres ni comodidades materiales, así lo demostró desde su nacimiento al escoger nacer  en un pesebre. El  busco corazones puros para que lo recibieran y escogió a María y José.

 El Dios del amor  no encontró sitio en el mundo que creo y nada ha cambiado hoy en día,  nadie tiene tiempo para Dios que nos sigue amando a pesar de nuestros rechazos, faltas y pecados.

Es verdad que Jesús  nació para morir y redimirnos  pero también  para dejarnos en manera concreta la prueba del  amor del creador  a su creación para dejarnos su ejemplo de cómo vivir una vida santa y agradable a nuestro padre creador.
 
Maria Fischinger